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Benjazmin OCAMPOS

Benjazmín exuberancia, ficción y libertad

Poco sabemos en estas tierras sobre Benjazmín Ocampos. Su desembarco en Buenos Aires, invitado a exponer sus obras en la galería de Sara García Uriburu, es una suerte de revelación: un soplo de aire fresco investido de tórrido bagaje tropical.

Benjazmín nació en 1964 en Fuerte Olimpo, ciudad del Chaco paraguayo situada a unos 800 km de Asunción. A Fuerte Olimpo la llaman “puerta de entrada del Gran Pantanal”. En Fuerte Olimpo viven menos de 5000 personas, próximas a etnias como la ¡shir que Ticlo Escobar observó delicada y minuciosamente en uno de sus libros más imprescindibles, titulado La maldición de Nemur. Como Ogwa, el dibujante de los ishir, Benjazmín se acerca al arte con una libertad asombrosa, fascinante para nuestros ojos formateados con otros parámetros. Benjazmín era vendedor ambulante de dulces y se volvió pintor autodidacta; sus primeras obras eran anzuelos para encandilar a los clientes. Al igual que el Museo del Barro, epicentro de la vida cultural paraguaya, Benjazmín fusiona sin prejuicios arte indígena, popular y urbano. (Bienvenidos a su sincretismo deslumbrante).

El primer impacto de sus obras es inolvidable. Estábamos en Porto Alegre, Benjazmín formaba parte del envío de Ticio, íbamos caminando entre los gigantes brasileros y de pronto llegamos a él. Un puñado de pinturas super coloridas sobre maderas no muy grandes. La serie tenía nombre, Historias de fútbol y naturaleza, amor y pecado, y provocó en nosotros espectadores un efecto inmediato: caímos rendidos frente a su encanto y no pudimos más que sumergirnos en los infinitos detalles tiernos y lúcidos que habían brotado de esa imaginación. Estampas eróticas, textos paganos, animales y plantas convivían en las piezas, fuertemente narrativas y cargadas de simbolismos privados que no se alcanzaban a develar. Con tipografía gótica y con una irreverencia envidiable, Benjazmín inscribía el peso de una frase en un rincón de la obra, esquivando con las letras alguna víbora, algún árbol. Un viaje. En uno de los cuadros rendía homenaje a la Cicciolina, en otro retrataba futbolistas y en otros se limitaba a combinar aspectos sutiles y brutales de la Naturaleza. Un viaje hacia una sensibilidad que cruza el umbral de los espacios y los tiempos. Representado en Paraguay por Verónica Torres, quien ha exhibido ya en varias oportunidades su trabajo,  Benjazmín llega ahora a la Argentina con una selección de óleos sobre tela que asumen el espectro amplio de sus intereses y estilo. Él no sólo es exuberante cuando pinta las flores y las hojas o la mujer desnuda o un caballo; también es voluptuoso cuando dibuja ese sol naranja, completamente desproporcionado, que devora un tercio o la mitad de la imagen. En sus escenas callejeras (Adiós chico de mi barrio) y en sus paisajes cubiertos de follaje y animalitos (Mirage, Glances, Wath?) el artista invierte similares dosis de autonomía creativa: todo es factible de ser mezclado con todo, el trazo puede ser realista o más cercano a la ilustración, una mariposa puede tener ojos en las alas, se puede Incluir palabras (mal) escritas en inglés, se puede ser cursi y refinado y empalagoso. Benjazmín es inventor de ficciones y catalizador de saberes y mitos ancestrales.

La ciudad de Fuerte Olimpo está flanqueada por dos colinas, en una de ellas se emplaza el Fuerte Borbón y en la otra la Catedral de María Auxiliadora (las torres y el reloj de la iglesia asoman en uno de los cuadros, un cuadro en el que también hay una bicicleta, una parada de autobús, un hombre, una mujer, flora, fauna). No puedo dejar de pensar en Benjazmín como hijo de ese contexto, un artista crecido al borde del gran pantanal “descubierto” por la civilización europea. Su pintura comparte mundo surrealista pero importado, sometido a mestizaje; su magia es shamánica; sus estímulos son contemporáneos. Muy poco sabíamos sobre Benjazmín. Aquí está. Es hora de abordarlo.

Eva Grinstein, Buenos Aires, julio de 2008                            

-Texto publicado en el catálogo de la Muestra  “Benjazmín Ocampos”, organizada por Verónica Torres en la Galería Sara García Uriburu , Buenos Aires, 2008.

 
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